60 kg?
"Que hermosa", "una figura alucinante", "capas unas kilos menos no vienen mal".
Estuve toda mi vida, al igual que muchísimas otras mujeres, marcada por la balanza (a la cual tengo terror), la belleza infundada, y la cantidad de pancita que tengo o no que tener. Estuve es un decir, porque la verdad es que estoy. Es una lucha que aunque pasen los años no logro ganar, a pesar de los cumplidos y de las pruebas que dicen lo contrario al verme al espejo la verdad es que no veo lo que realmente está ahí.
Envidio muchísimo la gente que no tiene está locura o que por lo menos esta más apasiguada. Yo no puedo ver lo que realmente soy, una mujer en sus veinti pocos con sueños, con amor profundo, con ambición, amigos y metas a cumplir, además de muchas otras cosas.
En cambio veo un cuerpo, con estrías que nunca me molestaron y que de repente me hacen pensar en otro pantalón que las disímules mejor, en la celulitis que me hace pensar que el alfajor de ayer me lo tendría que haber ahorrado porque claro, el azúcar y las harinas no van a ayudarme a quitarlas, en la grasa de la parte interna y superior de las piernas que muchas veces tome con fuerza imaginando poder simplemente cortar la piel sobrante y así no vomitar el almuerzo, con mis caderas grandes que muchas veces tome con desprecio y trate de achicarlas al espejo para ver como se vería.
Todavía me acuerdo un comentario que le hice a mi mamá cuando a penas tenía diez años, en un control medico anual para el colegio, donde me obligaron a subir a la dichosa balanza (que increíble que ya con diez años le tuviera miedo), mire a mi mamá una vez me dieron el resultado y le dije "soy una ballena" y me largue a llorar.
Se supone que una niña de esa edad no debería preocuparse por cuánto pesa, menos aún por como se ve, pero yo solo podía pensar en que mis pómulos a los doce no eran igua de marcados que la modelo de turno en la revista del banco.
A los trece mi relación con la comida fue de mal en peor, era una niña grande con pechos acorde a mi cuerpo y eso a los trece años era mi peor pesadilla. Aunque nunca escuché comentarios de parte de mis compañeros y compañeras al respecto, sabia que yo al lado de esos cuerpos delgados y acordes a la edad no era bonita, empecé a usar ropa ancha tratando de ocultar mi cadera, espalda y pecho.
A mis 15 años pegue el estirón pero entraron los días sin comer, los atracones y el ejercicio diario, empecé un deporte que amé y comencé a grabar mis trucos... Nunca pude subir un vídeo mostrandome a ningún lado.
Entre en una depresión que me hizo olvidar un poco el estado de mi cuerpo, pero cada vez que ese pantalón que me quedaba suelto volvía a apretar apenas, todo se derrumbaba. Había veranos en en qué simplemente no podía disfrutar del sol o de el rio porque el bikini que había elegido ajustaba mi espalda y hacia que un poquito de piel formara una curba y un pequeño surco estre ésta y la tela.
Hoy con 21 años y muchas cosas por hacer, muchas veces me detiene mi peso, mi tamaño, mis muslos grandes y mi pecho prominente, ya no vómito, eso logré cambiarlo, pero subo y bajo de peso demaciado, nunca logro mantener mi cuerpo estático. Pienso: claro, no puedo hacerlo, todo el tiempo estoy cambiando. Pero ese pensamiento no es más fuerte que mis críticas internas.
"Si queres adelgazar es mejor que sierres la boca" uy cuantas veces lo habré intentado.
Nunca hablé de este tema,quizás sí con personas que habían pasado por lo mismo, pero nunca con el dolor que me provocaba, siempre desde la postura de superada que creo que tengo, hasta que en la balanza marca cinco kilos más que la última vez que me pesé y ahí todo vuelve a empezar. Una rueda interminable de la cual estoy cansada pero mis pensamientos más oscuros me dicen que sin ella quizás no me daría cuenta de mis kilos y seguirían aumentando.
Quizá este escrito no sea el mejor que tengo, hoy no me siento inspirada para figuras retóricas y decorativos, hoy estoy llorando después de desvelarme un jueves porque mis pensamientos son más fuertes que mi necesidad de sueño.
Se que no estoy sola en esta locura, lamento tremendamente eso, la industria nos convirtió en objetos consumibles para el ojo ajeno y no en seres vivos, bellos y completos como lo somos, hombres como mujeres.
Pero sacando esa parte superada y perfecta que pretendo algún día creerme del todo, en este momento daría cualquier cosa por diez kilos menos y piernas más largas, es lamentable pero cierto.
_ Pérez Muñoz Valentina
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